Un ramito de aerosoles

es tirarse al mar
no para llegar a buen puerto
es tirarse al mar


I

La estantería se le mete enterita por los ojos, pero bajo la sudadera sólo le caben tres botes de spray si no quiere levantar sospechas por una anatomía demasiado voluminosa y angulosa.Hay tantos colores como la imaginación puede fabricar y algunos más que sólo las fábricas pueden imaginar. Mira hacia izquierda y derecha, toma tres botes de colores sencillos y los esconde bajo su sudadera roja. Cierra la cremallera, toma una bolsa de patatas y se dirige hacia la caja.

-¿Sólo esto?

-Sí.

- Son 99 céntimos.

Un día más podrá seguir pintando o graffiteando las paredes del barrio. Pocas cosas más le apetecen en esta vida: esto, saciar las necesidades básicas –sus instintos- y poco más. Y entre ese poco, por supuesto no están ni estudiar ni trabajar ni nada que sea impuesto a cojones, como si de agua bautismal se tratara. Si el día de su bautizo hubiera podido elegir, habría tomado la misma decisión que con el trabajo: una rotunda negación.


II

A un lado los últimos edificios de la ciudad, sus últimos latigazos de ropas tendidas y gritos de desesperación. Al otro, un descampado o “escampao”, con jaramagos y litronas rotas: sensación de paz y abandono allí donde la ciudad aún no ha tenido cojones de llegar.A la prisa y a la tranquilidad la separan una pared de ladrillos y mil graffitis. Que serán mil y uno, pues hay allí ya reunidos cinco jóvenes, un casete y un ejército de botes de aerosoles.

Se sitúan al otro lado del muro, donde no llegan las obligaciones diarias ni el mensaje agobiante de una madre que le dice una y otra vez “algo tendrás que hacer con tu vida”. “Tirarla a la basura trabajando”, piensa siempre él, aunque siempre calla.El casete suena. Como si de un Cyrano del siglo veintiuno se tratara, alguien rima insulto tras insulto, hasta dejar a su enemigo aplastado como a una lagartija atropellada por un coche con neumáticos hechos de versos escritos en la soledad de la noche. Con otro ritmo diferente al de la música, los jóvenes comienzan una danza de armónicos movimientos de brazos que van dejando una estela de colores por toda la pared.

La tira de imágenes es muy diversa: dos voluptuosas mujeres con sendos consoladores, un cocinero de bigote enorme, un hombre con cara de susto haciendo puenting al que se le ha roto la cuerda, un guateque con extraños seres bailando y ahora, una ciudad de altos edificios con ropas tendidas de fondo y en primer plano, cinco chicos graffiteando una pared.


III

Por más que agita los botes, éstos están exhaustos y apenas ensucian las paredes de tenues colores. Habrá que volver a ponerse la sudadera XXL, entrar en el supermercado y comprar un paquete de patatas.Y así una y otra vez: izquierda, derecha y tres botes menos en la estantería. Izquierda, derecha, una selva con monos y leones en la estantería.

-¿Sólo esto?

-Sí-

Son 99 céntimos.

“¡Piiiiiiiiiii!”“¿Qué coño pasa?” piensa. La sorpresa le paraliza y el cabrón del segurata ya está a su vera, siempre a la verita suya.“¡Hijos de puta!, han puesto un…” “Acompáñeme por favor” irrumpe en su pensamiento el tontito de la porra.

Hagamos aquí un breve paréntesis en el cuál meteremos al de seguridad. Es alto, corpulento, con una tripa colgona que esconde la hebilla de su cinturón. No sabemos qué ha empujado a esta persona a esta profesión, quizá haya sido el dinero y un conjunto de condicionantes que le han impedido elegir otra ocupación o quizá haya sido, ¿por qué no?, por vocación. Y parece que es vocación porque él se vuelca en su trabajo, se vuelca tanto en su trabajo que ni hombres ni mujeres ni adolescentes ni niños ni bebés ni ancianos escapan a sus disimuladas miradas de vigilancia que buscan encontrar alguna mano que esconda un bote de guisantes en un bolso para decirle a esa pobre anciana “¿señora me puede dejar ver su bolso?”. Y así, cada día le suena el despertador y se levanta, se viste de payaso y se marcha al supermercado, “su” supermercado, para vigilar “sus” tres botes de pintura que se esconde bajo la sudadera de nuestro protagonista.

Lo lleva a un cuartito vacío que hay en la planta superior del supermercado. Allí lo sienta en una silla (el único mueble de la habitación) hasta que llega un señor de unos treinta y tantos años y chaqueta y corbata que le suelta una charla llena de amenazas y moralinas y lo deja ir sin los botes de pintura.Y en vez de irse donde los grafittis, se queda en casa porque hoy no hay pintura con la que pintar.


IV

-¡Ni en pintura te suelto una gorda!- le dice, chillando la madre.

Y se mete para su cuarto y se pone los cascos y se tumba en la cama. Su madre está hablando sola o con él, o más bien habla sola pero de él. Y “hay que ver con el niño…” y “que cuando se va a poner a trabajar…” y “a éste le pongo yo las pilas…” Pero para fortuna de él, las únicas pilas que funcionan son las de su emepetrés que le salvan de oír a su madre.

Así van pasando los días y no tiene un triste bote con el que pintar. Su repertorio cromático se reduce al negro del Edding con el que además de escribir su nombre, poco más puede hacer.

-Illo busca un currelo de camarero o algo.

-Déjame Burgos, eso ya me lo dice mi madre. ¿Me vas a prestar los botes que te pedí o no?

-“Fsssssss”

De sobra sabe que esta solución no durará mucho pero la usará hasta que “yo paso de prestarte más pinturas”. Es entonces cuando vuelven a saltar las alarmas y la desesperación corre por dentro de él como marineros dentro de un submarino en alerta roja.Y así pasan los días hasta que un soleado día vuelve, solitario, al solar, donde se encuentra con los demás.

-¡Ey! ¿A quién le has pedido prestadas esta vez las pinturas?

- Vete a la mierda…- responde de manera tranquila.

Y sigue haciendo lo único que le ha interesado en esta vida desde que le empezaran a salir los granos en la cara y se pusiera canijo y feo. Fue entonces cuando coincidió con ella en clase, cuando hubo vida más allá de las pinturas y del hip hop, cuando hubo una vida capaz de eclipsar cualquier base y cualquier graffiti. Suerte que a ella también le interesaban las mismas rimas y los mismos trazos por lo que sin dejar cada uno su mundo pudieron estrechar fuertes lazos. Pero aquello acabó, una vez pasaron los granos pero no las dudas, que siguieron creciendo de todas formas y colores, como los dibujos de aquel muro que ahora pintaba, con una cara femenina en primer plano, boca, nariz y pelos tapados y unos ojos de tristeza que se escapan del pasamontañas para clavársele a quien los mire en lo más hondo del corazón, del recuerdo o de lo que sea que esté ahí dentro de uno.

- Te ha quedado guapo, tío, me gusta. ¿Esa es la Chari?

- No, no es nadie.

- Pues se parece a ella.

- ¿Tú crees? A mí no se me parece.

- Yo creo que la has pintado pensando en ella.

- Te he dicho que no, gilipollas.

- Bueno tío, no te pongas borde.

- Si es que te lo he dicho, que no es nadie.

- Vale, vale. Bueno me paso mañana por tu queli ¿no?

- Sí, pero no llames al telefonillo que se rebota mi vieja. Dame un toque al móvil.

- Vale, pero estate atento cabrón, que luego tengo que estar esperando en el portal media hora como la última vez.

- Sí, estaré atento.

Pero al día siguiente sólo está atento a su emepetrés y el móvil suena y no se entera, hasta que irrumpe su madre en la habitación y con un grito traspasa auriculares y tranquilidad y le mete un sobresalto por el cuerpo como a un ladrón que pillan con las manos en la cartera.

- ¿Vas a cenar después?

- Sí mamá, luego yo me caliento los filetes en el microondas. Hasta luego.


V

Han desaparecido los ojos del día anterior. A algún pintor de brocha gorda esos ojos no se le han clavado y le ha importado una mierda la tristeza de esa mirada a la hora de blanquear toda la pared.

- ¡Cabrones, hijos de puta! Ni un día han dejado el puto graffiti.

- Bueno, ya no podemos hacer nada, sólo nos queda seguir pintando.

- Pero ¿y si mañana vuelven a blanquear la pared?

- No creo ¿no?

Y comienza el baile, y el arcoiris se vuelve a poner de fiesta, y los colores se emborrachan y se esparraman por la pared creando formas al antojo de dos chavales de diecinueve años que comenzaron dibujando de forma clandestina en la última hoja de su libreta de matemáticas, que siguieron escribiendo sus nombres con Edding en los lavabos del colegio, en las paredes del vecindario, en la intranquilidad de muchos viejos cascarrabias y continuaron creando sus propias obras de arte en ladrillos que lloraban de abandono.


VI

Blanco es el color de la pureza y blanco también es el color que pone a hervir la sangre del Burgos, que blasfema y se caga en Titanlux y en la madre que parió al cabrón que otra vez más había blanqueado la pared.

-¡Me cago en Dios! Yo no pinto más hasta que coja a ese cabrón.

Pero él sabe quién es el cabrón que busca el Burgos y como el del ramito de violetas lo escucha blasfemar y no dice nada porque lo sabe todo. No dice nada porque él es ese cabrón, que para poder conseguir dinero ha empezado a trabajar blanqueando las paredes del barrio, borrando los mismos graffitis que él mismo ha dibujado, destruyendo su propio mundo. Pero no le importa porque una vez derrumbe su castillo de arena, construirá otro que volverá a destruir para volver a crear otro, como el niño que juega incansablemente en la orilla del mar. Porque sabe que cualquier verso, pintura o vida, una vez terminados, sólo son cadáveres que se exponen en vitrina por pura vanidad. Y que el arte comienza cuando la primera gota de color cae en el lienzo y termina cuando el poeta inclina la cabeza y suspira por haber conseguido escribir lo que no podía decir.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Ayer me lo leyó la Carmela... y luego me dormí la siesta.

Nus vemoL