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A mi amigo Belloso
que me lo contó un día


No era pintor pero pintaba como cualquiera al que pudieran llamar pintor. Tenía manos de carpintero aunque ningún pincel se sentía extraño entre sus dedos. Y un ojo de cristal con el que sacaba volumen a cada arruga de Cristo que pintaba.

Pintaba poco, porque desde que dejó los estudios -muy pronto- no tenía tiempo para pintar. Todo lo contrario le pasaba cuando iba a la escuela, que tenía todo el tiempo del mundo para pintar: la hora de matemáticas, la de lengua, la de historia, la de religión, la de naturales, cualquier hora era buena para pintar. Y así, en vez de ecuaciones, en su cuaderno de matemáticas aparecían Cristos. Cuando sus compañeros de clase los veían no podían hacer otra cosa que quedarse impresionados y pedirle (el que era capillita) que le pintara alguno de estos Cristos.

Pero ahí quedaba su dedicación artística, en las páginas traseras de su cuaderno de matemáticas, en horario de de ocho a dos, El resto del día era para enredar por el barrio, para empezar con los primeros liaillos en el canal, las primeras cervezas en la tasca y los primeros suspensos en la escuela.

Así, cada vez venían más notas en rojo en las evaluaciones, hasta que su padre le dijo que si no estudiaba se lo llevaba a la carpintería con él. Y como en vez de estudiar matemáticas, pintaba, como en vez de estudiar lengua, pintaba, como en vez de estudiar sociales, pintaba, como, en resumen, no estudiaba, lo puso a trabajar la madera. Y al no haber ya hora de matemáticas, ni de religión, ni de historia, ya no había tiempo para pintar. Sólo en alguna siesta perdida, muy de vez en cuando, pintaba. Pintaba Cristos a las mil maravillas.

*

Pasaba su vida como pasan las vidas de todas esas personas que suben al autobús de las 7 AM (que significa antes del mundo, antes de que el mundo esté preparado para despertarse y afrontar un día igual que el de ayer) y un día tras otro afrontan un día idéntico al de ayer.

Así hasta que al radio-despertador de su mesita de noche lo sustituyó la corneta del servicio militar : “quinto levanta tira de la manta”. Cumplió la edad y era hora de partir a hacer el servicio militar, de cambiar el cepillo de carpintero por la CETME, el mono azul de trabajo por el disfraz de camuflaje.

Allí en el cuartel conoció al Manué, gitano de la Algaba que no sabía leer ni escribir. Y para qué perder el tiempo enseñándole a leer al crío, pensaba su padre, si las labores del campo no vienen escrita en ningún libro, si las gallinas no se pueden leer, ni las lechugas ni los tomates, “¡anda Chari dale una zoleta al niño y deja que se venga conmigo!” Y muy pronto el Manué empezó a ayudar a su padre en el poquito de tierra que tenían y se iba haciendo mayor con él, acompañándolo a los jornales, rodeándose de hombres curtidos en el campo que poco a poco iban haciéndole ver cuál era su sitio en este mundo.

Y también el Manué cumplió la edad y le cambiaron al gallo Montero por la corneta sin nombre. “Quinto levanta tira de la manta” y era la mano del pintor que no era pintor la que tiraba de su manta y le avisaba que ya habían tocado diana, que se aligerara, que se vistiera echando leches.

Muchas guardias hicieron juntos y muchos bares también cerraron juntos, creando entre ambos una unión con cadena de hierro que duraría lo que el servicio militar, pero que durante ese tiempo nadie hubiera podido romper.

Era en las noches más tranquilas de guardia o en algún descanso, cuando el Manué le pedía que le escribiera cartas para su madre. El Manuel dictaba y él escribía. “Madre le echo de menos”, “Madre mándeme un chorizo de los del pueblo que aquí se come mu mal”, “¿Madre cómo está?”, “Madre estoy bien”, “Madre mándeme dinero que no tengo una gorda”, y el Manué le pidió al carpintero que pintaba Cristos a las mil maravillas que le dibujara un billete en la carta no fuera a ser que no hubiera quien le leyese la carta a la madre y se quedara sin recibir un real. Y al igual que escribía lo que le dictaba, esta vez le dibujó el billete que le pidió.

Cuando el gitano vio aquel billete, casi creyó que lo había pegado en vez de dibujado. “Dibújamelo por la otra cara y te traigo una botella de vino”, le dijo el gitano. Extrañado, nuestro amigo le dibujó la otra cara del billete y el Manué salió corriendo hasta la tasca más cercana donde cambió el billete por una botella de vino.
Pasaron los 13 meses que duraba la mili, aquella maldita corneta dejó de sonar y el carpintero con un ojo de cristal volvió al pueblo con la ilusión del que lleva una máquina de hacer dinero guardada en el petate.

*

Cualquiera al que la vida le hubiera ofrecido una tarta como ésta, se la hubiera zampado de una sóla sentá, llenándose los bigotes de chocolate y dando el cante allá por donde fuera. No fue éste el caso de nuestro amigo, que nunca había aspirado a ser más de lo que era, que había aceptado su destino desde el día en que su padre le dijo: “si no quieres seguir estudiando te vendrás conmigo a la carpintería” y se supo carpintero hasta el resto de sus días, aceptando que jamás dormiría entre sábanas de seda.

Ya de vuelta en el pueblo, fue pintando billetitos de a poquito a poco, y los hubiera seguido pintando si no fuera porque en este momento de la historia conoceremos a la Marga, que se comió aquel pastel de un atracón, sin cubiertos siquiera, y fue enseñando por todo el pueblo sus morros manchados con el chocolate del delito.

Decir tiene que aunque nosotros a la Marga la vayamos a empezar a conocer ahora, nuestro amigo ya la conocía de mucho antes, hasta tal punto, que lo primero que haría al regresar al pueblo, como bien le prometió a la Marga cuando se fue a la mili, sería casarse con ella.

La Marga aspiraba a ingeniero, a tener un novio ingeniero que la paseara por el pueblo los domingos en un buen coche de pintura azul metalizada, cuyo brillo sólo fuera superado por el de las joyas que llevaría ella puesta en dedos, muñecas, cuello y orejas. La Marga aspiraba a tener un novio ingeniero, pero temiendo que alguna vieja del pueblo le barriera los pies y se le pasara el arroz, se lo dejó hacer en el banco del carpintero y como si se tratara de un día laborable más, cambiando el cepillo por su instrumento, el carpintero se trabajaba, adelante, atrás, adelante, atrás, ¡zis! ¡zas! ¡zis! ¡zas!, en vez de a la madera, a la Marga, que a fin de cuentas era casi igual, porque apenas latía y se movía, ni siquiera se la escuchaba, tan sólo un suspirito al final, “!ay!”.

La Marga fue cogiéndole el gustillo, no se sabe muy bien, si al banco del carpintero o al discreto sueldo de éste, que aunque discreto, al fin y al cabo era un sueldo que le iba cayendo, monedita a monedita, por el agujerito que la Marga le había abierto al bolsillo de su novio.

Poco a poco aquel pintor que ejercía de carpintero se fue cansando de sus caprichos y de su frialdad, y se fue alejando de ella, y ella también sientiéndose cada vez más lejos de él, al que ya sólo le unía la mano que le daba el dinero. Después de desechar su sueño de ingeniero, las aspiraciones de carpintero de la Marga se disipaban como una pastilla efervescente. Como última carta, el día en que su novio partiría a hacer la mili, la Marga se mostró más sensible que nunca, se dejó hacer más que nunca y cuando más engatusado lo tuvo, le pidió que le prometiera que a la vuelta la desposaría. Y así fue, tonta ella, tonto él.
Volvió, se casó y a los pocos días de casados, le enseñó lo que había aprendido.

*

Apenas se enteró la Marga de la práctica habilidad de su marido, empezó a pedirle billetitos y apenas se gastaba éstos, venía a pedirle más y más, y cada vez se gastaban antes y cada vez los pedía antes, hasta que harta de pedirle billetitos, le pidió un buen billetón. Y su marido que ten cuidado y ella que no pasa nada mi amor, no seas tonto. Y el de la boutique con la mosca detrás de la oreja, y el de la joyería con el moscón y el de la tienda de ropas con el abejorro, hasta que un día, tomando el café, no sé sabe muy bien cómo, uno de los tres sacó el tema.
-¿De dónde sacará tantos billetes grandes la Marga? Que yo sepa el marido es carpintero, y la madera que trabaja no es de ébano, precisamente.
Y cada uno con su billetito en la mano. “Yo pago el café”. “Que no hombre que yo”. “Cóbrese de aquí que si no no vengo más”. Haciendo caso a la amenaza el camarero tomó el billete y viendo el valor de éste y habiendo escuchado lo que hablaban los tenderos, lo miró detenidamente. De repente:

-Este billete es falso.

-¿Cómo que falso? - replicó el pagador.

Los tres se miraron durante un par de segundos. Inmediatamente, los que no habían pagado escrutaron sus billetes y el que había pagado pidió el suyo para comprobarlo. Efectivamente, los billetes de la Marga eran falsos.

El revuelo que se montó en el pueblo fue tal que la Marga y su marido tuvieron que salir escopetados para la ciudad. Allí los detuvo la policía. El pueblo entero pedía cuentas. Casi todos tenían algún billete falso y todo el mundo se lo quería cobrar, y si era con intereses, mejor que mejor.

*

El día amaneció claro, con un cielo azul azul adornado con algunas nubes blancas de esas que aparecen dibujadas en los libros del colegio. Casi todo el pueblo estaba reunido en la plaza del Ayuntamiento. Estaban todos de pie, con el traje de domingo, esperando el autobús que les llevaría a la ciudad. La gente hablaba alegremente del suceso y se asentían unos a unos las malas palabras sobre aquel carpintero estafador. Aunque ir al juzgado puediera resultar algo aburrido, el pueblo parecía acoger tan excepcional hecho de buen agrado: pocas cosas pasaban en esta villa, y por fin pasaba algo.

El juicio se celebró y después de mucho mentir y testificar, de sacarle veintitrés pies al gato y cuatro peritas de agua al olmo, el juez dictó sentencia: el carpintero era inocente.

Cuál fue la sorpresa de los denunciantes, de los demás habitantes del pueblo y hasta del pintor que no era pintor, cuando el juez no sólo declaró inocente al estafador, sino que obligó a los estafados a pagar cierta cantidad de dinero al falsificador de billetes. La razón era bien sencilla: aquellos billetes cuidadosamente pintados por aquel pintor escondido en un cuerpo de carpintero, tenían un valor artístico que el juez estimó, económicamente hablando, superior al del billete original.

Realmente, en aquel juicio nadie perdió nada. La propaganda que tuvo este acontecimiento en toda la comarca hizo que gente de los alrededores fuera hasta allí en busca de tan famosos billetes, pagando por ellos un precio dos, tres y hasta cuatro veces mayor de su precio original.

Nuestro amigo, al que por si las moscas, no le aceptaron ni un billete falso más, tuvo que seguir cortando y lijando madera y sólo muy de vez en cuando, en alguna siesta perdida, daba rienda suelta al artista holgazán que escondía detrás de aquel ojo de cristal, pintando Cristos a las mil maravillas.

Este suceso ocurrió hace ya muchos años, cuando aún se pagaban con pesetas las cervezas y el servicio militar todavía era obligatorio. A mí, me lo contó el Belloso mientras nos bebíamos unas litronas que habíamos comprado a un euro y medio en el bar de la plaza.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Me ha encantado!!! Dale recuerdos al Belloso!! A ver que hace mucho q no leo ninguna traducción de estas!

erdeirvi